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"Finalmente, el fantasma soy yo"

Su último libro, "El libro del fantasma", comienza con una escena muy dolinesca, si se quiere: un hombre está sentado cavilando en un banco de plaza Devoto. Se le acerca un fantasma a hablarle y no le extraña en lo más mínimo. Le demanda que escriba un libro que él no pudo escribir y que lo condenó a ser fantasma. Sólo ese libro lo liberará. La falta de descripción sobre esa presencia hace intuir algo que Alejandro Dolina confirmará:

-...El fantasma soy yo, finalmente. Es cierto. Digamos que, oscuramente, se sugiere que soy yo. Y la falta de descripción contribuye un poco a esa idea. Creo que algo parecido al encuentro con un fantasma sucede en la vocación literaria. Casi que ese relato es una alegoría de la vocación literaria: la aparición de fantasmas, o de entidades aparentemente exteriores al escritor, que lo empujan. Después está la pereza de ambos. Los dos, son conversarlo jamás, sienten que no hay más remedio que hacerlo.

-Imaginaba que los dos personajes podían ser usted...

-Sí, creo que es así. Creo, digo, porque uno no puede estar muy seguro de las alegorías que le salen.

-En su libro también hace un elogio de la tristeza...

-Lo hace un personaje mío. Una parte mía, en todo caso. Pero yo no estoy tan seguro de esas cosas que dice Manuel Mandeb en el paquete de jabón Sunlight. Uno a veces utiliza a los personajes para postular ideas extremas que uno, por ser más o menos razonable, no se atrevería a defender enteramente. Pero que están dentro de uno. Por eso creo que la tristeza es defendible. No sé si tanto como la defiende Mandeb.

-Llama la atención esa descripción de esa barra de amigos que salen de juerga y, de pronto, se cruzan en una mirada que parece decir: "No me olvidé de la tristeza".

-Sí, eso lo creo enteramente. Podría afirmarlo. Una persona triste no es una persona que haya renunciado a las alegrías, sino alguien capaz de recordar que hay personas a las que no veremos nunca, que algunos amores han sido y que algún día moriremos. Si, a pesar de eso, uno puede reírse del cuento del paisano que fue a comprar supositorios, uno es un hombre. ¡Yo detesto esa manera de conseguir la felicidad que consiste en olvidarse que moriremos! ¡No! ¡Felices hemos de ser sabiendo que moriremos! Y a pesar de eso.