La Grecia Antigua y el "Fóbal"

-Da la impresión de ser una especie de Aleph, que concentra todo el universo de la cultura, desde los clásicos griegos hasta el fútbol del domingo. ¿Es así Alejandro Dolina?

-No se trata de una concetración, sino más bien de lo contrario. De una dispersión de los intereses, de los entusiasmos y de los amores. Ciertamente, yo tengo inquietudes que por ahí me llevan a los clásicos, por ahí al fútbol. De todos modos, yo he notado que los intereses son cada vez menos populares. Es inevitable: cada vez me interesa menos el fútbol, me interesa menos la bolita y cada vez me interesan más los libros. No lo digo por jactancia, sino para señalar un hecho que que, ciertamente, es así y que incluso a veces contradice mis intereses como personaje. Los que me contratan preferirían que esa dualidad se mantuviera siempre, es lo que se espera de mí. Mi programa es un poco eso: un ir y venir desde la esquina de tu casa hasta la Grecia Antigua. En la medida en que la Grecia Antigua me esté interesando más que la esquina de mi casa, el personaje corre riesgo.

- ¿No son acaso el mismo lugar?

- Sí, está claro que la esquina de mi casa y la Grecia de Pericles son el mismo lugar: el lugar donde uno va a buscar lo sagrado de la poesía, del amor y de la amistad. Esos agrados están en todas partes, si uno los sabe buscar. Lo otro, que yo esté más interesado por la lectura que por la cancha de fóbal, es anecdótico.
-Más allá de esta tendencia a alejarse de lo popular, hay algo en usted que oficia como un traductor, que lleva los clásicos griegos a un lenguaje que la gente entiende. ¿Confía en esa función?

-No. Confío en una función parecida, que es la de despertar las ganas de leer esos clásicos. No siempre sucede, vamos a ser sinceros. Pero a veces si, uno efectúa esa traducción que vos decís, o esa simplificación, que no siempre es grata, que no siempre es feliz, que no siempre es legítima. Pero permite que algunas personas sientan el deseo de leer algo. He tenido grandes alegrías al respecto.

-¿Por qué cree que, en la radio, la mayoría de su público más fanático es joven?

-Sí, está bien dicho, es la mayoría, no todos. Creo que hay un funcionamiento del programa que mejor se adapta a los gustos de personas jóvenes y que tengan algo que ver con la educación. O porque sean alumnos, o lo han sido, o porque sean docentes. Hay algo de estudiantina en todo esto. Después de todo, nos estamos riendo de las materias que los chicos estudian.

-Un tema aparece casi obsesivamente en las entrevistas que le hacen: la inmortalidad. Si alguien le ofreciera la eternidad a cambio de perder sus recuerdos hasta hoy, ¿aceptaría?.

-Es que la eternidad sin memoria ya no es eternidad. Poruqe la eternidad está relacionada con mi pasado. Hay un verso de Unamuno en que él le pide a Dios como paraíso, su pasado. Le dice: "No tienes, Dios, otra cosa mejor que ofrecerme".

-El pasado, en cierta forma, es perfecto...

-En cierta forma lo es. Pero, ojo, yo no estoy, tampoco, haciendo de nostálgico profesional porque disto de serlo, he. Mis tiempos son estos. No quisiera volver a tener 20 años. Quiero vivir como el tipo que soy ahora. Pero este tipo que soy ahora incluye la memoria. Si a mi me despojaran de ella para pagar le eternidad, yo no agarro viaje.

-¿Y qué hay de la melancolía de esos inmortales, como Gilgamesh, cuando recuerdan a los seres queridos que ya han desaparecido?.

-Creo también que, en la práctica, ami me pasaría algo parecido. Imagínese una inmortalidad que no es compartida por el resto del género humano, que es sólo de uno. Dentro de 200 años estaríamos rodeados de extraños. Finalmente, nos fatigaríamos y querríamos morir. Pero sí estoy seguro que estos 75 años que nos tocan son pocos. Que es un soplo la vida. Que no alcanza para amar, que todos son trenes que se van y no podemos alcanzar más.

-¿Alguna vez las palabras son una trampa?.

-Sí. Muchas veces. Hay gente que parece utilizar aquel lenguaje que utilizaba Pickwick, el personaje de Dickens, que no aludía sino eludía. Un lenguaje destinado a provocar confusión a partir del circunloquio, del exceso de alegorías...