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"Retazos" de circo, "Saldos" de circo, "Rastros"
de circo son las barracas. Son como el Purgatorio al lado de la Gloria.
Tanto son el Purgatorio, que los grandes anuncios en que hay pintado algo
de lo que sucede dentro son como cuadros de ánimas, cuadros en
que hay fuego, y sobre las llamas incorporan las figuras. Esos cuadros
son también cuadros de muerte, pues están pintados con color
de la muerte, y todos los rostros tienen la especial amarillez de la muerte.
Un museo menos vano que todos los museos debía contener esos cuadros
para darles la perennidad que merecen. En todos esos lienzos hay un diablo,
un verdadero diablo, que es el que colabora con los de dentro, que no
se atreven a hacer a Dios su colaborador. El color en estos cuadros serpentea,
es un color vivo, es color en llamaradas, es un color sin barniz, de una
crudeza inimitable. El fondo nublado de esos cuadros tiene algo de fondo
del Greco, aunque más pronunciado y más grave; un Greco
sin etiqueta y sin limitación, un Greco verdadero, como lo es la
descomposición. Todo está pintado en esos cuadros con ese
desarreglo y esa encarnizada manera de expresarse que merece la vida.
Una verdad más fuerte que nada, tan descreída del arte como
debe ser, tan ruda, tan borrosa, tan intemperante, como está bien
que sea, da fiereza a esos cuadros pasmosos que recogen ese sentido de
podredumbre y fiebre, que es el más hondo sentido de la vida.
La vida de esas barracas es una música de saldo, que tocan pobres
músicos de desecho (a los dedicados a los instrumentos de viento
les falta un pulmón, y a los dedicados a los instrumentos de cuerda
les falta un brazo; el pobre hombre de cáncer en la nariz, con
un parche negro en la nariz comida, toca la flauta sin que se sepa por
dónde respira mientras toca). De la desesperación de esos
hombres surge una música alegre, conmovedora, un poco parecida
a la de los grandes circos.
A veces los músicos son los mismos artistas, y un clown toca los
platillos y otro un bombo colgado a su pecho, un bombo que le da facha
de embarazado, y que cuando toca con más animación parece
que se da con los palillos de gran brocha en la panza sonora, en su panza
hinchada.
A las puertas de las barracas, sobre una percha o sobre el mostrador,
hay un mono humano, un pequeño mono, con un gorro de dormir y un
delantal de lunares. Ese mono es un regalo de propaganda que hace el dueño
a los espectadores, y que agradecen mucho los que no tienen los diez céntimos
que cuesta la entrada. Lo más interesante de ese mono, cansado
de ver las monótonas multitudes, es el parpadeo vivo de sus ojos,
un parpadeo de lámpara de alcohol cuando va a apagarse la llamita
azul. Sus párpados, de un azul claro y brillante, sus párpados,
que son lo más fino de él, son los párpados delicados
de quien va a morir pronto, del niño sentenciado; párpados
inquietos que deslumbran y queman sus ojillos.
Uno de esos misteriosos artistas que trabajan en el escenario de esas
barracas, me pareció indudable que llevaba una muerta, una verdadera
muerta entre el material de sus trabajos de magia. Aquella mujer, pálida
y vestida de odalisca, era una muerta, y por eso desaparecía en
cuando él hacía un gesto. Se iba al otro mundo, y cuado
volvía, volvía más pálida, más muerta,
a sentarse en la silla, en que se quedaba ya toda la noche. Con aquella
muerta metida en un cajón iba de feria en feria el ilusionista.
Son regocijantes la barracas en que anuncian animales fantásticos:
"el gallo con cuernos", que el público murmura que -¡claro
está!- es la gallina quien se los ha puesto; "el terrible
animal de dos cabezas"; "el animal que está siempre cabeza
abajo"- y que cuando se entra da la casualidad de que siente una
necesidad y entonces se pone en posición normal, etc.
Muchos de estos animales son monstruosidades, hijos de cruces híbridos,
indebidos, del perro enamorado de la gata, del lobo enamorado de la cabra,
y otos son hijos de injertos que han hecho los dueños de la barraca
cortando las orejas al orejas corta y colocándoles unas orejas
largas; cortando las patas negras o simples del pequeño animal
y poniéndole unas patas blancas o unas garras y hasta cambiando
la cabeza de un animal por la de otro, mediante una operación precipitada,
decidida, violenta, apretando mucho los vendajes, envolviéndole
con cal viva el cuello, etc. Hasta a martillo clavan en las cabezas del
animal vulgar que intentan convertir en animal imaginario, los cuernos,
el morrión o el largo unicornio.
El suelo de la pista de estas barracas es suelo de campo, suelo con hierbezuelas
y piedrecitas. La lona está abierta y zurcida como la de las velas
de los pescadores pobres. Todo se lo podría llevar y hacer naufragar
un golpe de viento, ese viento que hace entrar en el espectáculo
ráfagas de fuera, que lo descomponen y los desconciertan. Si han
encontrado árboles en el sitio en que se establecen, se aprovechan
de ellos para atar las jarapas, y es sorprendente ver el árbol
transformado allí dentro, como si tuviese un jerarquía extraña,
asustado, amarrado al sitio, enjaulado, con la copa fuera y el tronco
allí dentro, disimulado, cazado, metido en casa, siendo lo más
atractivo y lo más importante de la barraca siendo lo más
perenne que hay en ella, aunque todo distraiga de él.
Una vez he estado en una barraca, de la que era el único espectador.
El salón estaba solo, completamente solo, bochornosamente solo.
Al ver aquello hubo un momento en que estuve por volverme y salir perdiendo
los derechos de la entrada; pero me dio más vergüenza la retirada
y me senté solo, completamente solo, teniendo la justa indignación
de los dueños, hambrientos y desesperados. Tardaba mucho en levantarse
el telón, esperaban a otros, y yo miraba la entrada por ver aparecer
a alguien. ¿Estaríamos esperando siempre? ¿Cómo
protestar yo solo?
El tamboril y la trompeta de fuera daban el reverso triste, apagado y
falaz de una música alegre. Tocaban como para los vivos, para los
otros y no para mí, que era ya como el muerto, callado, enterrado,
perdido del otro lado del mundo, ya sin la alegre esperanza de salir fuera.
Por fin dejó de tocar la música fuera, y los músicos
entraron en la barraca. Entraron sin aquella su comunicativa alegría
de fuera, como si desde una fiesta se hubiesen trasladado a un funeral
para tocar el Miserere. Me miraron todos uno a uno, como si yo debiese
ser otro más importante, como si yo hubiese debido hacer entrar
una multitud, y con un gran rencor como si yo representase al público
descuidado e ingrato. Sin embargo, tocaron, tocaron con descuido, con
ripios, gallos, desafinaciones terribles, sintiéndose irresponsables,
porque si yo me hubiese atrevido a protestar me habrían tirado
a la cabeza sus aparatos y me hubieran atravesado de parte a parte con
el flautín. Tocaban para los otros, para que les escuchasen vagamente
los de fuera, no para mí, que era el muerto.
Por fin, lentamente, se descorrieron las cortinas y apareció la
bailarina, la bailarina para mí solo. Yo me sentí odiado
por aquellos hombres que asistían como al amor, como la cita clandestina,
en que se convertía aquel baile para un solo espectador. Yo comprendía
que aquello era demasiado; pero no podía evitarlo. ¿Cómo
iba a salir ya? Se callaría la música, asombrada de mi abandono,
y la bailarina se pararía como una paralítica y el telón
se comenzaría a cerrar él solo, todo envuelto en fracaso.
Yo puse el gesto más fraternal y mi mirada la dio tal confianza
que me dedicó el baile. Noté esa decisión en el arrancado
gesto que hizo con la cabeza en el comienzo de su danza. La vi dispuesta
a apasionarse como la hetera acogida en un momento excepcional se entrega
verdaderamente, como ella no creía ya poderse entregar.
Fue excepcional aquella danza que vi bailar para mí solo en la
barraca sola. A veces ella separaba los ojos de mí; pero era en
esos momentos cuando más se daba a mí, cuando más
sacaba su vientre, cuando ofrecía el fondo de su cuello, cuando
sus senos se abrían. ¡Inenarrable es el recuerdo de aquella
danza! Terminó de improvisto, y los músicos me empujaron
hacia afuera, indignados de que yo me hubiese aprovechado de una ventaja
de la suerte, pues ya en la otra sesión vi entrar muchos hombres,
y ya, seguramente, nunca volvería a estar la barraca sola.
En esas barracas a veces sólo hay una cabeza de mujer que se suele
llamar "Stela". En algunas ferias coinciden muchas "Stelas"
y entonces el espectador mareado, ve un mundo de cabezas cortadas y que
viven así, llegándole a ser un pensamiento sorprendente
el pensar en las cabezas que pasan unidas a los garbosos y altos cuerpos
de las mujeres. ¿Habrá en el fondo de muchas casas de la
ciudad, escondidas como se esconde a la idiota, cabezas de esas que han
nacido así? Quizá en los pueblos de cerca, en lo más
oscuro de los interiores de Carabanchel, de Leganés, de Tetuán,
hay cabezas de ésas, y en el fondo de esas casas cerradas siempre,
sin nadie y, sin embargo, alquiladas, quizás vive sobre una consola
una cabeza de las que mira con mirada viva la cornucopia y los relojes
parados, moviendo los ojos de un lado a otro, como esos relojes en los
que hay una figura que los mueve.
¡Oh vivas, cabezas de muestrario de peinadora! Cabezas de cartón,
milagrosamente vivas.
El pariente de "Stela" espera un rato a que el púbico
esté preparado y abré después las cortinillas moradas.
"Stella" aparece. Sus ojos nos han visto a todos de un golpe
de vista, como sólo puede ver extensamente una cabeza que sólo
es una cabeza que toda la sensibilidad y toda la vida la tiene concentrada
en sus ojos. Estos ojos de "Stella" son más poderosos
que los de las débiles mujeres con cuerpo y todo que hay junto
a nosotros. "Stella" mira también como mira la que va
a ser operada a todos los que se congregan en el quirófano. "Habéis
visto cómo he sido mutilada", parece que dice. "¡Cómo
enseña resiganación vuestra creencia de que sólo
tengo cabeza, vuestra piedad por eso, vuestro venir a verme!", parece
también que dicen sus ojos.
El pariente de "Stela" le pregunta cosas que ella ha contestado
como quien ha contestado infinitas veces a lo mismo y ya piensa en otra
cosa mientras contesta, piensa en nosotros, con la novedad de los nuevos
espectadores. "Stela" no tiene rubor. La sangre que tiene la
tiene en la cabeza, y, por lo tanto, no puede subirle del corazón
como en las que se ruborizan. No se puede ruborizar ni azarar tampoco,
"Stela", porque la fuerza de sus párpados es tan grande
que resiste todas las miradas sin que la expectación le haga bajar
los ojos.
"Stela" está muy bien peinada, porque sólo un
gasto hace y ése es en peinadora. Todas las mañanas va la
peinadora con un peinado hueco, con mucha brillantina y con mucho moco
de caracol para que se mantenga tieso su peínado todo el día.
Ese algo de peinado de japonesa que tiene el peinado chulapón ensoberbece
el peinado de "Stela". Así la halagan porque ése
es el único halago que ella tiene, su única coquetería,
si se la satisface ella contestará a todas las preguntas, hasta
la impertinente pregunta de la edad que tiene, que no se debe hacer a
ninguna señora; pero que ella contesta con tal de que la peinen
bien.
¿Y si nos enamorásemos de una cabeza de estela? Pronto se
daría cuenta ella, reconociéndonos al vernos entrar varias
veces. Nos diría con sus ojos: "No puedo ir hacia ti, pero
te miro". Al pariente le daría mucha rabia vernos entrar tantas
veces y ver cómo magnetizábamos la cabeza de su "Stela";
pero no podría decirnos nada viendo que era tan desinteresada nuestra
actitud y pensando en cómo se podría oponer a nuestras relaciones
con guardar bien la cabeza en una jaula de loro, la cabeza que, a lo más
podría andar oscilando de un lado a otro y avanzando poco a poco,
como avanza un tarugo.
¡Oh, tendríamos que comprar la barraca, coger un coche, y
envuelta en un espeso manto de desposada salir con la cabeza en brazos,
como los que llevan por los pueblos la imagen que dar a besar, y meternos
en casa para siempre, dedicándola todos nuestros cuidados, pendientes
sólo de ella, ya que tan fácil la debe ser caerse y desnucarse!
Los payasos de esas barracas son payasos de trajes de colcha, payasos
que repiten las cosas de los otros, sin elocuencia, con palabras de una
llaneza que da escalofríos, payasos con trajes de Carnaval, que
han servido veinte carnavales y que están flojos y lacios como
si hubieran muerto y sólo sobreviviesen por la insistencia en volvérselos
a poner. Se sirven de una escoba, un cubo o un vaso de agua, de trebejos
baratos, trebejos de guardilla, para acabar haciendo una gracia estúpida
que no les sale. Si no fuese por las mujeres que trabajan en la barraca
no se tendría piedad de ellos; pero se ve que a esas mujeres de
arrabal, angulosas y negras, pedir piedad para ellos.
Las artistas de barraca sustituyen muchas veces con un traje de cupletista
el traje taparrabos del circo. Es lo que han encontrado, y además
que, si se desnudasen demasiado, enseñarían unas formas
escuálidas y secas. Todas parecen gitanas sin ser gitanas; todas
se ha ido convirtiendo en gitanas desgalichadas, con un rostro del color
de las tapias viejas y requemadas por el sol, el cuerpo y la cabeza salidos
y el cuerpo caído, desvencijado, languideciendo en forma de falda.
Sus brazos son brazos escuálidos, en que las vacunas relucen como
algo más blanco que todo lo que llevan y que todo el resto de su
carne, como algo más deslumbrador que sus lentejuelas. Las vacunas
que son como la chapa que se destaca sobre los portales de "asegurada
de incendio", es el seguro contra las viruelas, lo que las ha salvado
de ser más feas de ser como estatuas de piedra de los caminos comidas
por el tiempo. Sus piernas tienen el misterio de todas las piernas, aun
vestidas con unas medias blancas que hacen arrugas, que tienen varios
puntos saltados y cuyas costuras verticales se notan en ellas como si
las llevasen puestas del revés. Sus zapatos son los zapatos viejos,
los zapatos de las niñas pobres que presumen, zapatos desquiciados,
sepulcrales, con los tacones desviados, con los lazos descosidos y muertos,
a medio caer.
A veces bailan bailes de castañuelas y las castañuelas suenan
a hueco en el fondo de la barraca, suenan como a ruido de huesos.
Los perritos de esas barracas son perritos granujas, perritos de la calle,
que tienen más gracia que arte. La perrita, que va vestida con
una chapucera falda rosa y lleva un pañuelo en la cabeza, parece
enteramente un mujer de la calle, una de tantas mujeres. Los perritos
son golfillos que miran burlonamente al público, y si se mira bien,
todo su trabajo consiste en ponerse de pie enseñando sus nalgas
blancas. Van vestidos como los niños saltimbanquis y tienen mucho
de ellos: su pobreza, su flacura, su cara de perritos malogrados.
La de la barraca está embarazada, está preñada, y
lleva en su vientre otro mono para atraer al público o un niño
de cera, un hijo de alguno de esos horrendos hombres de cera que tienen
unas barbas muy negras, tan negras como la de los que se la tiñen.
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA.
RAMÓN GÓMEZ
DE LA SERNA.
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