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Marie Claire, julio 2003
CLAIRE DANES MUESTRA SUS INSTINTOS ANIMALES
Interpreta a una veterinaria en su nueva película, Terminator 3. Pero, ¿podría Claire Danes arreglárselas si realmente tuviera que cuidar a animales que lo necesitan?  Nos aseguramos de que Claire ayudara a los investigadores australianos a salvar a los koalas... Llamando a la Dra. Danes...

Por Elizabeth Richard

Soy una especie de amante de los animales frustrada. En un momento u otro, he sido la orgullosa propietaria de dos loritos, un gato, una cobaya y algunos peces. De niña incluso pasé mucho tiempo deseando que mi oso de peluche se hiciera de carne y hueso. Ei, ¡una chica tiene que soñar! Pero el estilo de vida de una actriz apenas se presta a cuidar plantas, y mucho menos a animales. Así que cuando Marie Claire me propuso que me escapara de mis vacaciones australianas para seguirle la pista a los koalas en el bosque, no pude creer la suerte que tenía. Aquí tenía la oportunidad de establecer un vínculo con las criaturas vivas más adorables del planeta. Pero desgraciadamente, como los editores de Marie Claire me informaron, lo monos que son los koalas no les ha librado de la lista de animales amenazados del Servicio de Pesca y Faunade los Estados Unidos—eso quiere decir que los koalas están a un paso de ser oficialmente una especie en peligro de extinción.
La noche antes de salir, mi novio, Ben Lee [el músico], que es de Australia, imparte su exclusivo parecer acerca de los koalas: “ya sabes, se ponen tan ciegos de comer todas esas hojas de eucalipto que se caen de sus propios árboles”. Mientras intento quedarme dormida, no puedo evitar imaginarme esta estrafalaria escena: yo, andando a duras penas a través del bosque mientras esquivo a koalas yonquis cayendo. Gracias, Ben. A la mañana siguiente salí con una sonrisa y un encogimiento de hombros.

El deber de informar

El guardabosques del parque Tim Moore me recoge del hotel a primera hora de la mañana. Vamos hacia la zona protegida de Daisy Hill State Forest, en Queensland—el hogar de varios cientos de koalas. Por el camino, Tim me da mi uniforme oficial de Guardabosques Honorario del Parque (primera regla de meterse en un papel: tener la pinta que debe tener el personaje nunca te matará) También desmitifica con rapidez la teoría de la adicción de Ben, así como la noción de que los koalas son osos.
“En realidad son marsupiales, están mas relacionados con los wombat”, me informa.
De acuerdo. Por supuesto.
Mientras bajamos de un salto del autobús de Daisy Hill, Tim me dice que se estima que hay más de 100.000 koalas en Queensland—una de las poblaciones más grandes de Australia, el único país en el que existen. La mayoría de los americanos asocian inmediatamente Australia con los koalas, pero estos animales tan representativos podrían ir por el camino del pájaro dodo si no hay legislación que proteja su hábitat. Lo normal sería considerar a los humanos culpables de esta desaparición—y no a la “adicción a las drogas naturales” de los koalas—. “Aproximadamente el 80%  del hábitat original de los koalas se ha visto diezmado para dejar paso a proyectos urbanísticos”, dice Tim. “Al hacerlo hemos reducido drásticamente la única fuente de comida de los koalas”. Aquí estoy yo, considerándome una fanática de los animales, pero no pensando en que la tierra de debajo del hotel en el que me estoy alojando pudo haber sido en el pasado el hogar de varios miles de koalas. De repente me siento vagamente avergonzada de ser humana.
Llegamos a Daisy Hill, donde nos encontramos con la Guardabosques de Fauna Diedre de Villiers, que ha pasado los últimos 6 años encabezando un proyecto de investigación que supervisa a koalas huérfanos después de ser devueltos al bosque. Los koalas siguen llegando.
“A los koalas les gusta vivir en cualquier sitio en el que vean un eucalipto comestible”, dice. “Así que, si el árbol está en el jardín trasero de alguien, o al lado de una carretera con mucho tráfico, eso no les parará a la hora de ir hasta allí. En las zonas urbanas la mayoría de koalas mueren porque les atropellan coches o son atacados por perros”.
Para empeorar las cosas, Australia está sufriendo una de sus peores sequías de los últimos 100 años, comprometiendo todavía más el hábitat de los koalas y su única fuente de alimentación. Por supuesto, el observar cómo su comida va desapareciendo y cómo se están destruyendo sus casas tampoco está haciendo milagros por su salud mental.
“Cuando se estresan, son más propensos a contraer enfermedades, como la chlamydia y cánceres, que se extienden rápidamente a través de sus comunidades a medida que se reproducen”, dice Diedre.
Después de oír lo duro que lo han tenido los koalas últimamente, me muero por tener uno entre mis brazos. Tim hace que cambie mi noción de que los koalas son cálidos y peludos advirtiéndome que no son siempre tan dulces como aparentan. Al igual que cualquier otro animal, atacan cuando se sienten amenazados.
“De hecho, una vez uno me mordió tan fuerte en el estómago que tuvieron que ponerme puntos,” dice. Anotado. Pero sigo muriéndome por ver a un koala y quizás, de alguna diminuta forma, hacer algo para ayudar. Aunque sólo sea presentarme como un humano que no está interesado en abrazarlos en su estado natural.

La búsqueda empieza

He estado en Australia muchas veces desde que Ben y yo empezamos a salir, pero nunca había visitado un sitio como Daisy Hill State Forest. Este sitio está dedicado a proteger koalas en su hábitat y, aquí, estoy rodeada de eucaliptos—o gum trees, como los llaman los australianos—una especie exclusiva de Australia. Son increíblemente altos, y los troncos son de un gris y blanco muy bello—parecido al pelo de los koalas, haciendo que sean difíciles de distinguir de los árboles en los que viven (Cuando Marie Claire llamó a esta expedición un “reto”, no estaban bromeando).
Diedre me da un par de prismáticos y me enseña a inspeccionar los troncos de los árboles para distinguir marcas de arañazos. A continuación me aconseja buscar sus excrementos, que tienen forma de pequeñas aceitunas—hasta ahora, uno de mis aperitivos favoritos. Diedre dice que no hay ninguna regla consistente y rápida acerca de lo que se tardará en divisar un koala. “A veces simplemente aparecen repentinamente, y otras veces pueden tardar horas”, dice.
Así que allá voy a cuatro patas buscando excrementos de koala. ¡Ah, la glamorosa vida de una celebridad! Mientras van pasando por mis manos hojas, rocas y fango, intento no pensar en qué más puedo encontrar en el suelo del bosque. Soy una neoyorquina, más acostumbrada a luchar contra taxistas demasiado entusiastas, que contra las serpientes mortales, las arañas, y las sanguijuelas chupa sangres (¡por Dios santo! ) que comparten el bosque con los koalas.
Unas horas, varios arañazos en las piernas, y muchas mordidas de mosquito después, consigo por fin ver los excrementos, que me llevan a ver los arañazos en los árboles que provoca un koala vivo, medio dormido y acurrucado en una rama, encima de mi cabeza. ¡Éxito! Estoy extasiada, pero me aguanto los gritos. La última cosa que querría hacer es estresar al pequeñajo despertándolo.
Diedre explica que los koalas se pasan más de 16 horas al día durmiendo. Aparentemente, las hojas de los eucaliptos son tan nutritivas como, bueno, el eucalipto, así que los koalas tienen que pegarse un atracón para conseguir los nutrientes suficientes para sobrevivir. Y toda esa comida les deja exhaustos (imaginad el coma después de una cena de Acción de Gracias tras otra). Aunque encuentro todo esto fascinante, me estoy poniendo impaciente: ¿cuándo sostendré a uno en brazos?
Resulta que ahora mismo. Diedre se marcha un momento y vuelve con una jaula que chirría y que contiene a Bam Bam, un huérfano al que encontraron en el suelo hace un año. Hoy es un día propicio para Bam Bam. Después de meses de terapia, está a punto de ser devuelto al bosque. Sus garras afiladas se clavan en mi piel cuando lo tomo de los brazos de Diedre. Me mira como diciendo “¿quién eres tu?” Entonces me roza la cara con el hocico. ¡Me estoy derritiendo!
Su corazón late rápidamente, y es increíblemente cálido y blandito (a parte de esas garras). Entonces me doy cuenta: ¡estoy realizando mi fantasía de niña de 6 años de abrazar a un oso de peluche vivo! Y sí, ahora soy consciente de que Bam Bam no está ni remotamente relacionado con un oso—de peluche o de los otros. Pero aún así...
Antes de devolver a Bam Bam al bosque, le tengo que etiquetar para que Diedre pueda seguir sus progresos mientras crece. Pero en el momento en el que me acerco con el collar transmisor, se retuerce. Me digo a mi misma que es sólo un niño pequeño con un abrigo de piel y empiezo a hablarle como si fuese un bebé humano, con un montón de “gu-gus, ga-gas”. Cuando finalmente consigo ponérselo alrededor del cuello, casi le rebano la oreja al recortar el collar con unas tijeras. La cara de Diedre refleja preocupación. (No soy Jane Goodall). Cuando acabo, estoy cubierta de arañazos, pero triste por tener que dejar marchar a Bam Bam. No puedo evitar pensar que si todos los promotores de obras pudieran abrazar a un koala durante unos minutos, el destino de estos animales no estaría en tal peligro.

Llamando a la Dra. Danes

El segundo día muy temprano, embarcamos hacia el Hospital de Koalas Moggill, que no se parece en absoluto a un hospital para humanos. Aquí, koalas enfermos, están encaramados en troncos y mascan eucalipto. En las instalaciones se tratan a más de 1000 koalas que sufren cada año. Me pregunto cómo me las voy a arreglar cuando los vea. ¿Me pondré nerviosa y diré algo estúpido como, “No soy veterinaria, pero interpreto una en mi nueva película, Terminator 3”? O peor, ¿me desharé en lágrimas?
Sólo al recibir al pobre Shep, que tiene chlamydia, es más duro de lo que fue decir adiós a Bam Bam. Necesita un baño con esponja. Me muero de vergüenza mientras le limpio las llagas suavemente—no quiero hacerle daño. Pero los doctores me aseguran que la infección es mucho más perjudicial para él que la incomodidad del baño.
Se me rompe el corazón cuando traen a Lynn, que tiene 9 años, a la sala de operaciones. Tiene úlceras por todo su pequeño cuerpo, también a causa de la chlamydia. Le aplico crema antibiótica bajo las instrucciones de un guardabosques. La chlamydia no se puede curar, pero esto aliviará el sufrimiento de Lynn. Espero.

Un árbol crece en Queensland

Hace un rato aprendí que los koalas pueden consumir tan sólo unas cuantas de las más de 600 variedades de eucaliptos que hay en Australia, y que los proyectos de construcción que destruyen estas variedades están dejando a los koalas con poco para comer. Así que pregunto si podemos ir al Santuario de Lone Pine Koala, a unos cuantos minutos. Como pequeña contribución a su bienestar, y en memoria de este asombroso viaje, decido plantar una de las variedades favoritas de eucaliptos de los koalas, el eucalipto rojo. Mientras cavo el pequeño agujero, me doy cuenta de que nunca antes había plantado nada, y mucho menos un jardín. Estoy un poco abrumada por lo terapéutico que es sentir que estás ayudando algo a crecer. ¡Ahí tenéis a una chica de ciudad!
Una vez que mi árbol joven está a salvo en la tierra, mi atención se desvía hacia unos árboles cercanos, que están tan cargados de semillas, que probablemente morirán antes de proporcionar ninguna alimentación a los koalas. El pesado hacha es difícil de manejar, pero me prometo a mi misma que no abandonaré hasta que me haya desecho de esas malditas semillas. Media hora después, cuando por fin he acabado, miro al diminuto espacio que he limpiado y sonrío. Creo que eso es un comienzo.
 


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