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Hay en Juramento dos estilos para
hacer música. Uno es el de los ritmos y melodías cambiantes, como
párrafos diferentes dentro de un mismo texto, que les da un aire
interesante de experimentación. El otro es el del caballito tatatá
tatatá tatatá, machacante, rápido y furioso, que generalmente
dejan para los últimos temas. De este lado preferimos el último,
que es cuando se nota en Juramento una banda increíble con una base
poderosa que se siente en el pecho. Le da mucha más homogeneidad al
mensaje musical y, sobre todo, permite el lucimiento del cantante.
En los temas multirítmicos, la voz se vuelve neutra, hasta parece
que le cuesta encontrar el camino. En cambio, cuando se esfuerza, se
pone más cavernosa o se eleva un par de notas (sin llegar
necesariamente al agudo), se nota calidad y mucho laburo.
Juramento presentó su nuevo guitarrista (Gustavo), que parece
haberse ocupado de los agudos y los rápidos en una banda que no se
caracteriza por darle demasiada importancia a las demostraciones de
virtuosismo. El nuevo violero encuentra su espacio en pequeños
momentos que le son suficientes para demostrar que sabe y mucho, a
pesar de tener pocos ensayos encima. Por otro lado, y esto a título
personal, un tipo que toma cerveza y sigue tocando con las dos manos
al mismo tiempo, ya merece atención.
En escena no ofrecen demasiado movimiento y se dedican más a tocar.
De parte del público, se nota interés y gusto; sobre todo teniendo
en cuenta que fue la banda que logró agolparlos a todos frente al
escenario. Por desgracia, aún atenta a la música, la gente estaba
un poco fría (por dentro y por fuera).
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