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Tener en frente una película aclamada por la crítica, con tantas invitaciones a festivales internacionales, y con el padrinazgo de papá Almodóvar,
predispone a verla con la idea de que es casi perfecta. Casi.
La historia (repetida hasta el hartazgo en todos los medios) es esta: un médico asiste a un congreso de medicina y roza con sus partes bajas a una menor de edad. La chica decide que Dios le ha dado la misión de perdonar y salvar del pecado a ese hombre. Y desde aquí tenemos problemas en el guión.
Hay cosas que no se comprenden. ¿Por qué se acusa al doctor Jano de pervertido, si es la chica la que lo persigue aún desde antes del roce? ¿Acaso pasó algo en una película anterior nunca hecha? ¿Será que yo no entendí? La verdad, cambiaría la sinopsis de la película. Diría: Una adolescente en su despertar sexual, encuentra un roce de ocasión. Plantada al medio de su propia perversión y el moralismo cristiano, deja que un hombre se hunda mientras ella
disfruta de su pervertida pureza. Suena duro, es cierto. Pero no
parece haber otra explicación para las "santísimas"
actitudes de la niña.
En este punto, queda el sabor amargo de haber pasado casi dos horas sentado sólo para ver a Belloso y Urdapilleta actuando. No es poco; pero se pide mucho más que buenos actores.
Si vamos a enmarcar la película en algún estilo, podemos decir que se trata de una muy buena aproximación a las tradiciones europeas del cine de imagen. Muy por fuera de la escena argentina, plagada de palabrerío e, incluso, frases moralistas con ánimo de trascendencia al estilo Federico Luppi. Lucrecia Martel se pudo desprender de todo eso y acercarse más al cine francés, polaco, danés, finés... donde es la imagen la que cuenta la historia, sin emitir juicios de valor. Y ese es en realidad el valor de la película.
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