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La historia es simple: Fígaro y Susana se están por casar; pero el Conde de Almaviva desea a Susana y ya no puede hacer valer el derecho de pernada, por lo cual sólo puede intentar seducirla. De ahí en más, enredos y tramas para lograr o impedir el casamiento, según el interés de cada bando. Una obra de Mozart y Da Ponte, un par de loquitos cargados de genialidad (es más: estoy convencido de que Charly García no le llega a los talones a Mozart en ningún aspecto). Y, por si queda la duda, el derecho de pernada es justamente lo que se están imaginando: el derecho del señor feudal para empernarse a todas las recién casadas en la noche de bodas.
La principal virtud de la obra se encuentra en algunas de sus cantantes. La forma en que se destacan los personajes de Susana (qué voz, qué gracia, qué belleza), la Condesa (qué calidad para cantar, te alegra el alma) y Cherubino (esa chica casi ni tenía que abrir la boca para sacar sonidos), opaca completamente al resto, que se duerme en la falta de esfuerzo y la chatura completa. En las 3 horas 20 minutos que dura todo, al menos la mitad fue tenebrosa para el oído del espectador. La directora debe haberles dado un buen tirón de bolas
(al elenco completo, no sólo a Fígaro) en el intermezzo, porque en la segunda parte dieron mucho más de sí. Al punto de lograr mantener mi atención y maravillarme con algunos juegos vocales. Y les aseguro que ambas son cosas difíciles para alguien tan disperso como yo.
La desgracia es que, muchas de esas cantantes, quizás no estén el próximo fin de semana, ya que Las Bodas de Fígaro, cuenta con dos elencos. Esperemos que la otra gente apunte algo más alto. Sobre todo que cante más alto: era terrible tener que esforzarse por captar los sonidos de los hombres. Mejor les hubiese venido un barcito antes que un teatro. Eso que el Real no es de los que se pueden llamar grandes.
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