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VELVET REVOLVER

Contraband

En este año de espera, lo único que trascendía de Velvet Revolver era su cantante. Si no estaba en una clínica de rehabilitación, estaba en la central de policía, invariablemente dado vuelta. Después de tantas idas y venidas, el disco está en la calle, se llama Contraband y sólo deja una sensación: estafa.
Ni siquiera hace falta escucharlo todo para darse cuenta del problema. El sonido es demasiado perfecto. Tan técnicamente pulido que resulta frío y distante. Poco importa si Scott Weiland transmite algún sentimiento con su voz, porque no se nota. Es un sonido que se queda encajonado en la compactera y no da para hacer un miserable pogo solitario arriba de la cama. Porque ¿qué se puede perdir al rocanrol sino un poco de liberación? ¿Dónde está el rocanrol? 
Sólo pueden verse dos cosas buenas en Velvet Revolver. Una es real: no es retro (que ya cansan tantas banditas del momento). La otra se queda en el terreno de la posibilidad: si Izzy Stradlin se hubiese quedado, quizás sería otra la historia. En tanto, lo único que pueden decir es "somos ex Guns con un cantante que puede salir cada dos días en la sección policiales". Ojalá mejore.

 

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