La buena
bailarina es generosa: antepone la danza a sus caprichos y deseos, la ama
tanto, que lo da todo por ella, se esfuerza por hacerla cada vez más
grande y hermosa.
Le encanta compartirla con los demás.
La buena bailarina es valiente: se despoja de la envidia, soberbia y miedos,
para que quepan más dulzura, humildad y amor en su corazón.
La buena bailarina es fuerte: trabaja duro y alegremente. Sabe que su labor
será recompensada.
La buena bailarina
es sensible y honesta: se entrega en cuerpo y alma a sus sentidos, crea
ilusión y fantasía, interpretando fielmente su mundo